domingo, 19 de marzo de 2017

POSTPRODUCCIÓN_20


      Tampoco tiene mayor importancia que en Estambul haya encontrado la paz. Ni que haya perdido a mi pequeño amor. En el viaje de vuelta sólo me ha acompañado una piadosa figurilla de bronce con un lector del Corán. Bien podría haberos contado mi historia hablando en tercera persona. Como si le hubiese pasado a otro y no a mí. Contaros que recorrieron las calles de Barcelona, para matar el tiempo entre trasbordos. Cogidos dulcemente de la mano. Como dos niños perdidos. Como dos extraños en territorio extranjero. Que llegaron al Zurich, en la cabecera de Las Ramblas y se sentaron a compartir mesa con un extraño. Que abrieron sus libros y se encerraron en la lectura como esas parejas que llevan ya tanto tiempo juntos que no saben qué decirse, porque ya se lo han dicho todo: hola y adiós. Así fue y no de otra manera. En silencio llegaron a Madrid un sábado por la mañana. En silencio se besaron y se despidieron. Tal vez dijeron algo. Tal vez te llamo dijo ella. Y tal vez él asintió con un murmullo inteligible. No importa, ya digo, de lo que no se puede hablar es mejor no hablar, ha dicho el sabio. Y, por lo que yo sé, a los que se quedaron aquí tampoco les ha ido mejor. Olvidémoslo. Olvidemos el grito y el desgarro. Olvidemos todo lo que ha sucedido desde entonces y volvamos al punto muerto donde está la solución. ¿Qué tienen que ver Villalba, don Pascual, C. y M.L., con Operación Vídeo?

      M., y T., Ns/Nc. Otros que tal baila. M., dice que tiene notas tomadas al margen, pero lo que son las cosas, un día por una cosa y otro por otra, al final es verdad que el roce hace el cariño y la distancia es como el tiempo. Nos cuesta hacernos a la idea, pero el mundo se acaba apenas traspasamos nuestras propias narices. Y más allá de esa barrera no hay nada que nos interese. Somos el producto de nuestros fracasos y hay quien sólo tiene uno. Un enorme fracaso primigenio. Anterior a ellos mismos. Un destino fracasado de antemano. Porciones de vida hechas con la materia de un agujero negro. Se puede ir al cine, montar en bicicleta, acudir cada día puntual al trabajo, tener migrañas, tener hijas y hacer el ganso en las fiestas de fin de año. Se puede ser todo eso y ser materia de agujero negro, así que tampoco es para tanto. Un poco más, y todos seremos materia de agujero negro. No hay por qué darle más vueltas al asunto.

      Las que se van por las que se vienen. L., fue mucho más listo que todos los demás. A estas alturas no puedo asegurar que L., haya leído Operación Vídeo y sin embargo, si el invento llega a tus manos, lector, será en un gran porcentaje debido a la inteligencia de L. L., es casi joven, casi viejo. Profesional reconocido. L., tiene un humor zorro, brillante y cáustico. L., tiene muchas cosas envidiables: inteligencia, buen gusto, economía saneada … L., es muy puta. Por eso, seguramente, L., ni siquiera terminó de leer el mamotreto. Hizo lo que hacen las personas inteligentes: le paso el muerto a otro. Claro que la crítica de L., era comprometida. A fin de cuentas, la convivencia cotidiana es un compromiso. Por eso, lo que hizo fue mucho más productivo que un comentario, por muy atinado y profundo que hubiera sido. L., paso el mecanoscrito original a L.A., Y L.A., marca el principio del fin de esta historia.

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